Sólo había pensado en él como un fantasma, como un ente vacuo y quimérico.
Por eso, esa misma tarde fue raudo al desván, donde conservaba no muy bien el óleo de su padre.
Y allí estaba, tal y como recordaba excepto por un pequeño matiz. La pintura se había desgastado bastante desde la última vez que vio el cuadro. Tanto que la parte de abajo a la izquierda del cuadro apenas se veía.
En esa parte, el padre de nuestro personaje sostenía un objeto. El Príncipe de la Ignominia no recordaba bien lo que podía ser. No lograba acordarse de aquel pequeño pero importante matiz. De aquello que sostenía su padre. Algo que se le hacía cercano y familiar.
En el cuadro se podía admirar a un hombre de mediana edad sujetando un objeto con su mano derecha cerca del bolsillo del pantalón. Era un hombre elegante, con un porte semblante a un barón.
El Príncipe de la Ignominia enseguida pensó que seguramente eso desagradaría a su padre, pues el odiaba a la gente clase alta. Prefería vivir en la sombra, aunque su trabajo no se lo permitiese.
Después de ir a buscar el cuadro lo colgó en el salón, justo enfrente del piano. Para así, cada vez que se sintiese triste, buscar consuelo en el rostro de su padre y los gemidos de placer de las teclas del piano.
Apartó un par de estanterías para hacer espacio suficiente como para colgar el retrato. Y finalmente, quedó completamente encajado en medio de aquellas dos estanterías. Perfectamente cuadriculado, como si estuviese estipulado que debía ponerse ahí.
Cuando acabó de colocar el cuadro, se sentó en su banqueta. Se dio cuenta una vez más que estaba coja, y aprovechando que se habían caído un par de libros cogió uno y lo puso bajo la pata coja de su banqueta.
El otro lo dejó sobre el piano, ni muy al filo, ni dentro del piano, en un equilibrio justo.
Inquieto por el silencio de vivir solo, siendo tan asocial como en un día lo quiso ser su padre, fue a la cocina a buscar algo de comida a la despensa. Solo tenía un par de barras de pan así que cogió la mitad de una y se hizo un bocadillo de jamón serrano. Se hizo un pequeño corte en el dedo corazón de la mano derecha, pero con un trapo limpio y un poco de alcohol lo desinfectaría rápido.
Después de eso, se dirigió al salón y se sentó en su butaca, adquirida hace un par de meses.
Se puso a comer pensando en que había hecho para que tan mal le tratase la vida, el sino, su destino. La muerte de sus familiares y recientemente, la de su madre. La única persona con la que hablaba, la única con la que tenía relación.
Vivía desolado, sin razón alguna para mantenerse con vida, pero aun y así, quería seguir viviendo. Con un corazón resquebrajado, roto, pero lleno de fuerza y paciencia para reconstruir su mundo, su casa, su existencia misma. El Príncipe de la Ignominia no podía parar de reír pensando en su situación. No se podía tomar la vida de otra forma. Quizás se estaba volviendo un neurótico, un psicópata, o tal vez era él mismo la causa de su agonía y su tristeza.
La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes.
Arthur Schopenhauer
Ensayo de una novela no escrita - Shylock Martínez Nocete
Ahora estoy empezando a captar más la historia ~~
ResponderEliminarEn la primera parte me fijaba más en las descripciones, en esta segunda parte ya puedo comprender un poco la soledad del personaje. Ahora tengo una pregunta... ¿¿porque le llamaste "El Príncipe de la Ignominia" a tu personaje??