Tal vez por inspiración, tal vez por gusto, o tal vez por nerviosismo. O, tal vez incluso, por una mañana triste y tediosa donde su alma le pesaba más que su cabeza, donde sus manos y sus dedos parecían las manos y los dedos de un pianista, de un asesino de notas en serie. De aquel que con sus manos atoraba los dedos sobre las teclas, matando con un leve movimiento al silencio, dejando caer las notas, moribundas, agonizando de sonido sobre el aire. Y así, con el espíritu del músico bohemio, abrió la tapa caoba del antiguo pero conservado piano que su abuelo, antes de yacer eternamente, le dejó en posesión.
Se sentía complacido oyendo morir a las teclas a su merced, calculando el pulso preciso del tacto de sus dedos sobre las pálidas teclas, moribundas de placer.
Del placer harmonioso de las dulces melodías que el Príncipe de la Ignominia acometía con sus manos y dedos, ante la desidia de una mañana fría y apagada, una mañana en la que nuestro personaje, pretendía encontrarse, buscar en sus recuerdos y encender la inocente mirada del niño de treinta y siete años que seguía siendo. De aquel infante con sueños y cicatrices rotas. De lámparas apagadas y cenizas donde ayer acaeció fuego.
Nuestro Príncipe de la Ignominia se sentía deshonrado, sin razones para seguir siendo el que era. Mientras acariciaba la taza de café, que se había quedado fría. Lentamente, se acercó la taza a la nariz, para que pudiese entrar por sus fosas nasales el agrio olor a café, semblante al sabor del resentimiento. Pero sorprendido, se asombró de la sustancia con la que había bañado su café.No era azúcar, pero tampoco sal, tampoco harina ni sal de frutas. No era blanco, pero tampoco negro, no oscilaba entre ninguno de los dos colores, ni siquiera parecía tener color, era algo extraño, algo como de otro mundo, algo que le invitaba a abrazar la taza con sus labios, a beber de la fría copa sentado en su banqueta coja.
Polvos de sueño... algo onírico, completamente onírico, algo aparentemente invisible a la vista de cualquier urbanita y semejantes, pero con el mismo efecto para todos, la búsqueda y encuentro de uno mismo viajando por el subconsciente, el reino de Oníria.
Cuando el Príncipe de la Ignominia despertó, se dio cuenta de que había derramado el café restante de su taza sobre la parte interior del piano. El corazón de la bestia, allí donde los martillos aporreaban a las cuerdas esa misma mañana, donde el silencio huía y dejaba paso al sonido melancólico cargado de tristeza. Un sonido como de réquiem, pero dulce al oído de nuestro personaje.
Cuándo éste se despertó, eran las cuatro de la tarde, o al menos eso marcaba su reloj de bolsillo. Aquel antiguo reloj de bolsillo de su padre, con una fotografía de una rueda de madera. Una rueda de madera, que, como si fuese un reloj, a partir de la mitad de la rueda, es decir a las seis, la rueda se volvía gris, y dejaba el tono marrón avellana del principio de la rueda abandonado.
Nunca lo ha entendido, nuestro personaje lleva años con ése reloj y nunca ha llegado a comprender la ilustración de la fotografía. Y cree que nunca la llegará a entender.
Tal vez, es porqué su padre, que era un conspicuo fotógrafo, fue quien tomó la imagen.
Era un hombre sabio, al menos, eso le decía su madre. Era alto, moreno y siempre iba con unas largas patillas que le llegaban hasta la perilla, donde nunca dejaba crecerse el acabamiento de la barba. Tampoco llevaba bigote, pues creía que eso era de aristócratas y de cerdos adinerados. Un gran hombre, agnóstico y no creía en ninguna forma de poder político.
Además, tenía una buena planta y se consideraba a él mismo un erudito.
Le encantaba escribir poesía, era una de sus grandes pasiones ocultas. Pasión que solo el Príncipe de la Ignominia y su madre conocían.
Y eso fue lo que sucedió en Oníria, el encuentro.
No un reencuentro, sino un encuentro, ya que el Príncipe de la Ignominia jamás conoció a su padre.
Sólo sabía de él lo que su madre y su abuelo le contaban. Sólo conocía su rostro por fotografías y un óleo casi terminado.
Y, esa mañana, se encontró con él, le pudo abrazar en los reinos de Oníria. El Reino del todo es posible. Donde lo imposible es imposible que pase. Haciendo así que todo sea posible. Un reino lleno de sueños. Un reino donde fantasmas e ilusiones muertas pueden ser avivados, resucitados, haciéndolos materiales por un sucinto instante.
Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: el despertar.
Antonio Machado
Ensayo de una novela no escrita - Shylock Martínez Nocete
Com ja te dit fa un moment,
ResponderEliminarla primera part de la novel·la està genial.
M'agrada com la relates i com descrius amb detalls cada cosa que pasa.
Espero poder llegir la segona part, com una lectora oficial de la teva novel·la ;)
Atte. Sonia
Es tan poetica!!! Las descripciones y comparaciones me han dejado mucho que pensar... Es todo tan metaforico que cada palabra te trae un sentimiento diferente... Se ve que tienes mucha facilidad para que lo que escribes llegue directamente al lector.
ResponderEliminarLeeré este y todos los demás que escribas, !!! Ya sabes...